| Los Lafitte, el cártel del siglo XIX |
| Escrito por Francisco Verdayes |
| Lunes, 12 de Julio de 2010 00:00 |
Que no le quede la menor duda de que la historia es un asunto cíclico… Que lo que hoy acontece antes ya sucedió. Por eso, recurrir a las páginas del pasado es como consultar una bola de cristal en sentido inverso, pues a través de la historia podemos predecir el futuro.
Hoy nos quejamos de que la delincuencia se ha apoderado de un territorio como el nuestro, tradicionalmente tranquilo, pero ya desde el siglo XVI vivimos esta situación cuando dos bandas de maleantes se disputaron a morir el control del mercado: españoles y "piratas". Los conquistadores ibéricos –aparentemente– eran los “buenos”, pero sometieron a los indígenas con grilletes, destruyeron su credo, prohibieron sus tradiciones, secuestraron y violaron a sus mujeres y vendieron a los hombres como esclavos, pero eso no sería lo peor. No tardaría en llegar otro cártel, como hoy le llamamos a la mafia, un grupo de delincuentes independientes conocidos con el nombre de piratas, aunque también harían lo propio los corsarios, de la misma calaña que los primeros pero con un mayor rango social, ya que su actividad estaba financiada por los gobiernos enemigos a la Corona española. De cualquier forma, ninguna de las dos categorías se tocaba el corazón para asesinar a quien se le pusiera enfrente, con tal de obtener la riqueza que antes los hispanos ya habían robado a los indios. En esta lucha de rufianes quedó atrapado el pueblo maya del periodo Postclásico tardío (del año 1000 al 1500 de nuestra Era). Las poblaciones costeras prácticamente desaparecieron y la bonanza económica y los adelantos comerciales que habían alcanzado los habitantes de la región se derrumbaron. Fue el fin del comercio marítimo con Centroamérica, Sudamérica y el Golfo de México. La guerra sin cuartel que emprendieron ambas pandillas costó la vida de cientos de mayas quienes emprendieron la retirada. Unos quedaron bajo la “protección” del sistema de encomienda española, un programa de esclavitud disfrazada, y otros –los menos– quedaron libres, pero tuvieron que huir y refugiarse en lo más espeso de la selva. Durante casi tres siglos la delincuencia organizada mantuvo en jaque a las poblaciones quintanarroenses, primero a los escasos asentamientos que permanecieron en la costa y posteriormente a localidades tierra adentro. La verdad es que los malhechores nunca midieron qué tantos kilómetros tendrían que caminar.
TIERRA PROPICIA En el 2010 se sabe que las bandas delictivas más violentas del país se han enraizado en Quintana Roo, y es exactamente lo mismo que ocurrió a principios del XIX. Aquellos que fueron combatidos en otros sitios encontraron en Quintana Roo un terreno fértil para sus “negocios”. Ese fue el caso de los hermanos Lafitte, Juan y Pedro (Jean y Pierre). Tan honorables y tan distinguidos que difícilmente hubiéramos podido ver en sus personas a unos temibles piratas. Esto ¿le suena familiar? Los hermanos Lafitte eran gente de sociedad, y por favor no se piense que por ser piratas traían un garfio en la mano, una pata de palo, y un perico sobre el hombro. Particularmente Juan (Jean) socializaba con los políticos y tenía tanto poder económico que en 1814, cuando el gobernador de Nueva Orleáns sacó una proclama ofreciendo una cantidad elevadísima por la captura de ellos; ellos sacaron una similar ofreciendo el triple por la captura del gobernador. Derrotados por azares del destino, así llegaron los Lafitte a México y de ahí al Caribe, teniendo como centro de operaciones el norte del actual estado de Quintana Roo, lugar desde donde podían atracar cualquier embarcación. Evasores de impuestos, malandrines en toda la expresión de la palabra, los famosos piratas de origen francés fueron derrotados por una guarnición militar que al saber de su presencia en Cancún se lanzó sobre ellos. Eso ocurrió el 30 de octubre de 1821. Desarticulado el cártel de los Lafitte, lo que prácticamente significó el fin de ellos – ya que en la refriega resultó muerto Pedro– pudiera entenderse que el terror había terminado, pero no fue así. El comandante en jefe de la guarnición era Miguel Molas, un destacado militar que se caracterizó por su enorme conocimiento sobre la península. El problema es que todo ese conocimiento sería aplicado para nuevas actividades ilícitas. Miguel Molas que combatió por años a los piratas no resistió la tentación de convertirse en uno de ellos. ¿Pensaba el lector que encontrar ex policías como jefes de la banda era algo nuevo? Pues ya ve que no. Y algo más, los pescadores de la costa quintanarroense preferían trabajar más con Jean Lafitte que con el gobierno mismo. Para ellos el célebre corsario era “Monsieur” Lafitte o simplemente “El señor”, el hombre que les ayudaba a ellos y a sus familias. Así que no dude, ni tantito, que de haber vivido en esta época habría tenido su propia fundación de asistencia social y un corrido (narco- |














Que no le quede la menor duda de que la historia es un asunto cíclico… Que lo que hoy acontece antes ya sucedió. Por eso, recurrir a las páginas del pasado es como consultar una bola de cristal en sentido inverso, pues a través de la historia podemos predecir el futuro.







